Los contaminadores del planeta tienen que pagar

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pollution 1.jpgTexto publicado por el diario Le Monde traducido aquí al español.

Thomas Piketty, economista francés destacado tras publicación de su libro “El Capital”

“Después de los ataques terroristas, existe un gran riesgo de que los dirigentes occidentales tengan la cabeza en otra cosa y no hagan los esfuerzos necesarios para que la conferencia de París sobre el clima sea un éxito. Esto sería dramático para el planeta. Primero porque ya es tiempo que los países ricos tomen la medida de su responsabilidad histórica frente al calentamiento global y a los daños que ya causaron a los países pobres. Luego, porque las tensiones por venir sobre el clima y energía son una gran amenaza para la paz mundial. No es dejando a los terroristas imponer su propia agenda que prepararemos nuestro futuro.

¿Cuál es el estado de la discusión? Si nos acotamos a los objetivos de reducción de emisiones presentados por los Estados, la cuenta no sale. Estamos siguiendo un camino que lleva a un calentamiento superior a los tres grados centígrados, quizás más, con consecuencias potencialmente cataclísmicas, en especial para África y el Sur y Sureste de Asia. Incluso en el caso de un acuerdo ambicioso sobre medidas de disminución de las emisiones, ya tenemos la certeza de que el aumento del nivel del mar y de la temperatura causará daños considerables en numerosos países. Se estima que se necesitaría un fondo de 150 mil millones de dolares al año para financiar las adaptaciones al cambio climático (diques, relocalización de habitantes, etc.). Si los países ricos no tienen la capacidad de juntar este monto (0.2% del PIB mundial) entonces es ilusorio tratar de convencer a los países pobres y en desarrollo a hacer esfuerzos adicionales para reducir sus emisiones futuras. Por el momento las sumas comprometidas para dicha adaptación no alcanzan siquiera los 10 mil millones de dolares. Es aún más lamentable considerando que no se trata de una ayuda: solo se trata de reparar los daños que hemos causado en el pasado y los que seguiremos causando.

Este último punto es importante porque a menudo se dice, en Europa y Estados Unidos, que China ya es el primer contaminador mundial, por lo que ahora es responsabilidad de los chinos y otros países en desarrollo hacer los esfuerzos.

De este modo se olvidan varias cosas. Primero, los volúmenes de emisiones deben ser consideradas en relación con la población de cada país: con cerca de 1,4 mil millones de habitantes, China está tres veces más poblada que Europa (500 millones) y cuatro veces más que América del Norte (350 millones). Asimismo, las bajas emisiones en Europa se explican en buena medida por el hecho de subcontratar masivamente en el extranjero, incluyendo China, la producción de bienes industriales y electrónicos contaminantes que consumen los europeos. Si tomamos en cuenta el contenido en carbono de los flujos de importación y exportación entre las diferentes partes del mundo, las emisiones europeas aumentan repentinamente un 40% (13% para América del Norte), mientras que las emisiones chinas bajan un 25%. Es mucho más justificado examinar la repartición de las emisiones por país según el consumo final y no la producción.

Uno constata entonces que cada chino libera el equivalente a 6 toneladas de CO2 en la atmósfera por año (es el promedio mundial), en comparación con las 13 toneladas de un europeo y las más de 22 toneladas por norteamericano. Dicho de otra manera, el problema no es solamente que estos países contaminan desde hace mucho más tiempo que el resto del planeta, sino que siguen otorgándose el derecho individual de contaminar 2 a 3 veces más que el promedio mundial.

Para superar los enfrentamientos entre países y tratar de diseñar soluciones comunes, es también esencial considerar el hecho que existen dentro de cada país grandes inequidades de consumo energético, directas e indirectas (a través de los bienes y servicios consumidos). Según el tamaño del tanque de gasolina, de la casa, del bolsillo, según la cantidad de bienes adquiridos, la cantidad de viajes aéreos realizados, etc… uno observa una gran diversidad de situaciones. Aun cuando los diferentes modos de vida individual desempeñan un papel importante, se ve sin claramente que los niveles de consumo y de contaminación aumentan netamente según el nivel de ingreso de las personas (con una elasticidad casi de 1).

Recopilando datos sistemáticos sobre las emisiones directas e indirectas de los países con datos relacionados con la repartición de consumo e ingreso en cada país, hemos analizado con Lucas Chancel la evolución de la repartición de las emisiones mundiales a nivel individual a lo largo de los últimos 15 años (estudio completo aquí)

Las conclusiones obtenidas son claras. Con el crecimiento de los países en desarrollo, existe contaminadores importantes en todos los continentes, es entonces legítimo que todos los países contribuyan al financiamiento del fondo mundial para la adaptación al cambio climático. Sin embargo los países ricos constituyen la inmensa mayoría de los principales contaminadores del planeta y no pueden pedir a China u otros países en desarrollo pagar más de lo que les corresponde.

Concretamente, los 7 mil millones de habitantes del planeta emiten actualmente el equivalente de 6 toneladas de CO2 por persona al año. La mitad que contamina menos, unos 3.5 mil millones de personas, principalmente de África y Sur y Sureste de Asia (también las zonas más afectadas por el calentamiento global) emiten menos de 2 toneladas por persona y son responsables de apenas del 15% de las emisiones totales. Al otro lado de la escala, el 1% más contaminador, unos 70 millones de personas, generan en promedio emisiones de 100 toneladas de CO2 por persona, y emiten 15% de las emisiones totales, lo equivalente al 50% de la humanidad que contamina menos (1% contamina tanto como la mitad de la población). Sin embargo la población que menos contamina será la que tendrá que pagar las consecuencias del cambio climático. Estos 3.5 mil millones de habitantes emitan 2 toneladas de C02 por persona van a pagar por los 70 millones que emiten 100 toneladas.

¿Dónde vive este 1% de los principales contaminadores? Según estimaciones el 57% vive en América del Norte, 16% en Europa y menos del 5% en China (menos que en Rusia o Medio Oriente: 6% en ambos casos). Consideramos que esto proporciona una clave de repartición legitima para el financiamiento del fondo global de adaptación de 150 mil millones de dólares al año. América del Norte debería de contribuir con 85 mil millones (0.5% de su PIB) y Europa con 24 mil millones (0.2%). Esta conclusión disgustará seguramente a Donald Trump y otros. Tienen la libertad de reproducir nuestros cálculos y de mejorarlos: todos nuestros datos y programas informáticos están disponibles aquí. Revisamos varias hipótesis sobre la repartición del consumo y emisiones individuales, sin que eso modifique sustancialmente nuestros principales resultados.

Podemos imaginar otras claves para la repartición, por ejemplo considerar al 10% de mayores emisores del mundo (700 millones de personas emiten promedio 27 toneladas), que son responsable del 45% de las emisiones totales. En este caso el financiamiento corresponde a América del Norte por 40%, Europa un 19% y 10% para China

Algo es seguro, ya tenemos que pensar en esquemas de repartición basados en un impuesto progresivo sobre el carbono: no podemos pedir el mismo esfuerzo a los que emiten 2 toneladas al año que a los que emiten 100. Es el gran defecto de un impuesto proporcional sobre el carbono regularmente debatido en caso de que se aplique sin corrección o compensación.

Unos podrán opinar que semejantes propuestas de repartición jamás serán aceptadas por los países ricos, en especial Estados Unidos. De hecho las soluciones que serán adoptadas en París y en los siguientes años para financiar la adaptación al cambio climático serán seguramente menos ambiciosas y transparentes. Sin embargo debemos encontrar soluciones: nada se logrará si los países ricos no echan mano a su cartera, y las consecuencias del cambio climático serán cada vez mayores, incluso en Estados Unidos.

De una manera u otra, es urgente establecer un diagnóstico compartido sobre las responsabilidades de cada uno, un lenguaje común que permita una resolución pacífica de este reto mundial sin precedente.”

Thomas Piketty

@ThomasPiketty

 

Lo que espero de esta COP 21

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banki moonEn casi nueve años que soy Secretario General de las Naciones Unidas, mis viajes me han llevado a la línea de frente del cambio climático y dialogar en repetidas ocasiones con dirigentes, empresarios y ciudadanos acerca de la urgencia de una reacción mundial articulada ¿Por qué es un tema tan importante para mí? Primero porque como abuelo, quiero ver a mis nietos gozar de la belleza y generosidad de nuestro planeta saludable,  y como ser humano, me entristece al constatar que las inundaciones, sequías e incendios se multiplican, que las naciones insulares van a ser borradas del mapa y que un número abrumador de especies están por extinguirse.

Tal como lo recordó su Santidad el Papa Francisco, tenemos la obligación moral de solidarizarnos con los más humildes y vulnerables, los mismos que casi no han contribuido al cambio climático, son no obstante las primeras víctimas de sus causas. Como Secretario General, hice de la lucha contra el cambio climático una prioridad, consciente de que ningún país del mundo puede asumir semejante reto en solitario. Este fenómeno no tiene fronteras: les emisiones, sin importar de donde provengan, amenazan los medios de subsistencia y vida de todas y todos.

La estabilidad económica y seguridad de las naciones están directamente amenazadas. Solo podemos luchar contra este fenómeno, de naturaleza mundial, con una acción colectiva coordinada por la Organización de las Naciones Unidas. Las negociaciones fueron lentas y fastidiosas pero dieron frutos. En respuesta a un llamado de la ONU, más de 166 países, responsables colectivamente del 90% de las emisiones en la atmósfera, diseñaron planes nacionales para reducir el cambio climático con metas claras y alcanzables. De ser respetados estos planes permitirán bajar las emisiones y limitar el alza de las temperaturas a 3 ° C para el final del siglo según las previsiones.

Es un avance considerable pero no es suficiente. Tenemos que ir más lejos y más rápido para reducir las emisiones mundiales con el objetivo de limitar esta aumento de temperaturas a 2°C y a la par ayudar a los países a adaptarse a las consecuencias inevitables del cambio climático, consecuencias que ya estamos enfrentando. Mientras más rápido sea nuestra respuesta, mayores serán los beneficios: mayor estabilidad y seguridad, crecimiento económico sostenible, mejor respuesta a los fenómenos climáticos, aire y agua más puros y una mejor salud. Esto no se logrará en un abrir y cerrar de ojos.

La Conferencia de París sobre el Cambio Climático no es la meta final, sino la línea de partida de nuestra ambiciosa carrera contra el cambio climático. Tiene que ser un parteaguas hacia un planeta menos contaminado y menos vulnerable. En todo el mundo el movimiento se acelera. Ciudades, empresas, inversionistas, líderes religiosos y ciudadanos actúan para reducir las emisiones y fortalecer la resiliencia. Ahora es responsabilidad de los gobiernos acordar en París un compromiso sustancial y vinculante para sentar las bases de una acción mundial ambiciosa. Se necesitará por parte de los dirigentes orientaciones claras a sus respectivos negociadores. Confió en que así será.

El G20 reunido este mismo mes en Antalya, Turquía, mostró una gran determinación en actuar. Más de 120 jefes de Estado ya confirmaron su participación en la conferencia de París, a pesar de las preocupaciones acerca de la seguridad tras los atentados del viernes 13 de noviembre. Para dar resultados, el acuerdo de París tendrá, considero, que responder a los siguientes 4 criterios: inscribirse sobre el largo plazo, ser flexible, alentar la solidaridad y tener credibilidad. Primero tiene que ofrecer un plan a largo plazo que permita mantener por debajo de dos grados el calentamiento global y no dejar duda sobre la imperativa transformación de la economía mundial hacia un modelo de uso moderado de carbono, es inevitable y ya empezó.  Luego es importante su flexibilidad para no tener que estar en perpetua renegociación a la merced de los sobresaltos de la economía mundial. Tiene que reflejar un justo equilibrio en el rol de los países más desarrollados y las responsabilidades crecientes de los países en desarrollo.

En tercer lugar, tiene que basarse en la solidaridad, es decir, prever transferencias de fondos y tecnologías hacia los países en desarrollo. Los países desarrollados deben cumplir el compromiso que suscribieron de destinar unos 100 mil millones de dólares anuales hasta 2020, para medidas de adaptación al cambio climático y reducción de su impacto.

Por última hay que diseñar medias factibles para contrarrestar los efectos cada vez más marcados del cambio climático.  Se tiene que institucionalizar ciclos quinquenales para que los Estados tengan la obligación de evaluar periódicamente sus acciones y poder reforzarlas según las últimas investigaciones científicas. Esto incluye establecer mecanismos transparentes y robustos de seguimiento y medición de los avances logrados, además de la comunicación de la información obtenida.

La ONU está lista y dispuesta en apoyar a los países para la aplicación del acuerdo obtenido en París. Un acuerdo substancial será el garante de un presente y futuro mejores. Permitirá eliminar la pobreza. Sanar la atmósfera y proteger los océanos. Mejorar la salud pública. Generar  nuevos empleos y promover la innovación en el respeto al medio ambiente.  Nos permitirá también alcanzar con mayor velocidad nuestro Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS).

Por todas esas razones la acción climática es tan importante para mí. Mi mensaje a los dirigentes mundiales es sencillo: el éxito de la Conferencia de París depende de ustedes. Muestren sentido común, sean abiertos al compromiso y busquen consenso. Ya es tiempo de mirar más allá de los horizontes nacionales y pasar el interés común al primer plano. Los habitantes del planeta y las futuras generaciones cuentan con ustedes: tengan el valor necesario para aprovechar esta oportunidad histórica.

Ban Ki Moon

Secretario General de la ONU

@ONUMX

Fotografía: AP Photo/Richard Drew

Este domingo 29 de Noviembre, habrá marchas pacíficas para exigir acuerdos a nuestros gobiernos durante la COP21.

Aquí la marcha en DF

Marchas y eventos a nivel nacional

Una oportunidad para saldar la deuda con nuestra Niñez

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El pasado mes de septiembre, durante la Asamblea General de la ONU, los países del mundo adoptaron la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Se trata de un plan de acción para atender las prioridades del mundo actual en torno al desarrollo en sus tres dimensiones: social, económica y ambiental. Esta agenda incluye 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (conocidos como los ODS), y 169 metas.

Desde hace tres años la comunidad internacional comenzó importantes trabajos y negociaciones para dar forma al nuevo marco de desarrollo global posterior a 2015. Para ello, desde un inicio se planteó que la nueva agenda debía tener una visión de sostenibilidad, es decir, contemplar un equilibrio entre los ámbitos social, económico y ambiental del desarrollo, que beneficiara no sólo a las generaciones presentes, sino a las futuras. Al mismo tiempo, se definió que esta vez, tenía que garantizar que los progresos llegaran a todas las personas, priorizando a las poblaciones más excluidas. Así, un principio central de esta agenda es que “nadie se quede atrás”.

Los ODS son clave porque representan metas concretas y medibles para avanzar hacia un país donde todos los niños ejerzan sus derechos; se comprometieron metas clave para 2030, como la erradicación de las muertes infantiles prevenibles, el acceso de todos los niños a educación inclusiva, equitativa y de calidad, y se incluyó de manera explícita en la meta 1.2, la reducción a la mitad de la pobreza infantil.

En lo que respecta a esto último, el grupo de edad comprendido hasta los 17 años, es el más afectado por la pobreza, no sólo en México, sino en todo el mundo. El impacto psicológico, social y cognitivo que la pobreza tiene en los niños y niñas, trae repercusiones importantes en su salud, aprendizaje y productividad, reproduciendo los ciclos integeneracionales de la pobreza. Por ello, es necesario garantizar que en los ODS, existan indicadores específicos para medir los progresos en la disminución de la pobreza infantil. En este sentido, en el proceso de adopción de indicadores globales y nacionales, que aún no ha terminado, desde Acción/2015 impulsamos lo siguiente:

 

  • Para la meta 1.1, que consiste en “erradicar para 2030 la pobreza extrema por ingreso para todas las personas en el mundo”, nuestra solicitud es que el indicador utilizado para medir el progreso sea “porcentaje de la población que vive con menos de 1.25 dólares por día, desagregado por edad” esto, con el fin de identificar claramente la proporción de niños y niñas que viven afectados por la pobreza extrema por ingreso.
  • Para la meta 1.2, consistente en “reducir a al menos la mitad la proporción de hombres, mujeres y niños de todas las edades que viven en la pobreza en todas sus dimensiones”, Save the Children impulsa la inclusión de dos indicadores clave: proporción de niñas y niños de 0 a 17 años que viven por debajo de la línea de pobreza nacional, y en pobreza multidimensional.

 

Establecer indicadores enfocados en infancia, a los que se pueda dar seguimiento de manera desagregada, es clave para garantizar que efectivamente se enfoquen recursos y esfuerzos públicos y privados, en la erradicación de la pobreza infantil, y así identificar los progresos no sólo en los promedios generales, sino de manera particular, en las niñas y los niños.

La definición de objetivos, metas e indicadores será sólo el primer paso en el camino hacia el desarrollo sostenible; el reto mayor lo enfrentaremos en la implementación nacional y local de los ODS. La Agenda 2030 es ambiciosa y tiene la aspiración de ser transformadora, pero para que ello sea una realidad que impacte positivamente en las personas, es necesario que cada país establezca planes concretos para la implementación, planes que se caractericen por ser: apropiados desde el nivel local, accionables, participativos, financiados, medibles desde su calidad y con mecanismos de seguimiento.

Los ODS inician en 2016, por lo que los próximos seis meses, son clave para planear las acciones que se tendrán que emprender para avanzar hacia el desarrollo sostenible.  En este sentido, para hacer realidad los derechos de las niñas y niños mexicanos, se realizó una serie de recomendaciones al gobierno mexicano para asegurar que se emprendan de manera inmediata, los mecanismos de planeación e implementación de los ODS, de forma participativa e incluyente.

Es necesario partir de la premisa de que todas las personas deben ser involucradas en el proceso de desarrollo, no sólo como beneficiarios de éste, sino como agentes activos que se movilizan y hacen escuchar sus voces en la exigencia y cumplimiento de sus derechos y el establecimiento de sus prioridades. En ese sentido ya existen varias iniciativas de consulta y propuesta desde los mismos jóvenes e incluso varios adolescentes tuvieron un espacio de participación en la ONU previo a la Asamblea General de finales de Septiembre.

El rol de la sociedad civil en la consolidación de esta propuesta, es fundamental, por lo que debemos estar articulados y sumar esfuerzos para proponer y exigir cambios estructurales, que faciliten la participación ciudadana, la rendición de cuentas, y el cumplimiento pleno de los derechos humanos. Esta ha sido la principal labor de la coalición mexicana Acción/2015 a lo largo del año 2015, al considerar que los ODS no pueden hacerse realidad sin involucrar a la ciudadanía para que se apropie de estos objetivos… para que exija por fin el cumplimiento de sus derechos.

 

María Josefina Menéndez Carbajal

CEO México

Save the Children

@SCMex

Más información de Save the Children sobre el Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible  aquí

Educación, ¿de calidad?

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bienbenidosEl tercer informe de gobierno de Enrique Peña Nieto, fue un mar plagado de retóricas y buenas intenciones. La educación fue un tema central. Había pasado casi una hora, y el presidente ya bien entrado en calor, suelta una frase comprometedora: “(…)vamos a seguir trabajando en favor de la educación pública, laica, gratuita y, ahora, también de calidad.”

Pronunciaba cada sílaba como si aún tuviera el lápiz con el que ensayó su discurso entre los dientes. Pero, ¿qué significa una “educación de calidad” fuera de la ya famosa retórica vacía?

Peña presumió que su administración había creado 23 mil escuelas de tiempo completo y que en todo el país se entregaron un millón de laptops y tablets. De nuevo, cifras vacías. Porque, ¿de qué sirven estos aparatos si hay escuelas en zonas rurales sin electricidad ni pavimento? ¿Por qué gastar tanto dinero en esto? ¿Por qué no mejor invertir en infraestructura y el presupuesto general de escuelas públicas?

El informe se cerró con un decálogo propio de quien tiene poder y no sabe ejercerlo. Un decálogo, que al igual que el Pacto por México, representa las promesas que todos conocemos: jamás van a cumplirse.

El sexto “compromiso” del decálogo, fue que se incluyera un Programa Nacional de Inglés para la educación básica dentro del Presupuesto de Egresos de 2016. Suena a una gran idea. Por otro lado, el octavo compromiso fue la eterna promesa de invertir en educación superior como prioridad.

Eso me lleva a reflexionar sobre un tema central en términos educativos: el gasto. Vaya paradoja, apenas hace unos meses el periódico Reforma filtró un documento en el que la propuesta de Hacienda era recortar el presupuesto de la UNAM, el Instituto Politécnico, la UAM y el Colegio de México.

Después de dos horas, el informe terminó, y yo desee con todas ansias que lo que decía el Presidente se hiciera realidad. Pero los discursos no mejoran la educación. A las palabras se las lleva el viento.

Si en efecto recortan ese presupuesto, lo que significa es que habría menos espacios para jóvenes mexicanos que quieren estudiar. No nos confundamos: la educación es un derecho humano. El artículo 3º de nuestra Constitución establece que todo individuo tiene derecho a recibirla, y que es responsabilidad del Estado impartirla de manera gratuita hasta terminar la secundaria.

 

En nuestro país sólo 5 de cada 10 jóvenes, entre 15 y 19 años, concluyen sus estudios y sólo 7% de ellos concluirá una licenciatura. ¿Qué tipo de futuro tiene un país en donde la mayor parte de su población no está educada? ¿Cómo lidiar con los problemas de corrupción, injusticia y contaminación si no estamos informados de lo que sucede?

Según la OCDE, en 2011, el 6.2% del PIB del país se destinó al gasto en instituciones educativas, cifra ligeramente mayor que el promedio de la OCDE (6.1%). Sin embargo, en México, el gasto anual promedio por estudiante es el segundo promedio más bajo dentro de la OCDE y países asociados, tan sólo por arriba del de Turquía.

Es decir: a pesar de que hay un fuerte gasto en educación, el dinero no está llegando a los estudiantes. Nos topamos entonces, con el eterno tema de este país: la corrupción en el sector educativo en lo que respecta a recursos públicos. ¿Hacia dónde está yendo ese dinero? ¿Qué está pasando entre medio? ¿Por qué el dinero no se invierte en lo que se debería?

El Objetivo de Desarrollo Sostenible, mismo al que México va a comprometerse este mes en la Asamblea General de la ONU en Nueva York, establece:

ODS#4

 “la obligación de garantizar una educación de calidad inclusiva y equitativa y promover las oportunidades de aprendizaje para todos.”

No se vale priorizar la educación de unos pocos ricos, privilegiados que pueden pagar escuelas privadas y con ideologías específicas. La igualdad educativa implica acceso y calidad sin consideración de clase, posición social y género. Y claro, de manera progresiva y de acuerdo a las posibilidades de cada Estado en particular.

En cuanto a nosotros, ciudadanos, hay que estar conscientes de lo que este derecho humano implica e involucrarnos más allá de los programas académicos de nuestras escuelas o las de nuestros hijos.

Una implementación transparente y eficaz de los ODS en México pasa forzosamente por el interés del ciudadano y sus exigencias por un México más equitativo, menos contaminado y sin duda, más democrático.

 

No llegaremos muy lejos sin educación de calidad para todos y todas.

Gisela Pérez de Hacha

@gisela_pda

Vivir sin agua

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aguas¿Alguna vez han sentido sed? Es un sentimiento desesperante que seca la garganta, parte los labios, genera dolores de cabeza y alucinaciones. ¿Alguna vez se han quedado sin agua? Los platos se apilan, nada puede limpiarse, el cuerpo se llena de mugre.

Imaginen ahora vivir sin agua: la sed y la falta de limpieza como un problema cotidiano. La falta de este líquido vital que amenaza la supervivencia misma y degenera la salud. Cólera. Hepatitis. Diarrea. Muerte.

En los rincones más pobres del planeta, esta es la realidad. De acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas, en el mundo existen más de 1,100 millones de personas que no tienen acceso al agua potable. Esto equivale al 18% de la población. Además hay otros 2,400 millones que no cuentan con drenaje doméstico adecuado.

En México, la situación es particularmente preocupante: 10.6 millones de personas no cuentan con agua potable, y entre 30 y 50% de este líquido vital se pierde en fugas.

El gobierno tiene la obligación de reducir esta brecha ya que el acceso al agua es un derecho humano reconocido por Naciones Unidas en su Resolución 64/292 y por el artículo 4º de nuestra Constitución Federal. Además, dicho acceso debe darse “en forma suficiente, salubre, aceptable y asequible”, es decir, sin contaminantes y privilegiando siempre la salud.

Contrariamente a lo que dicta la Constitución y los compromisos internacionales asumidos por México, la tendencia en este país es exactamente la contraria. En marzo de este año, Enrique Peña Nieto presentó a la Cámara de Diputados un proyecto de ley que reformaría la Ley Nacional de Aguas que actualmente está vigente.

Como el resto de las tendencias de este gobierno sobre los recursos naturales del país, lejos de garantizar el acceso al agua en términos de derechos humanos, la iniciativa benefició al sector privado e incentivó la privatización y facilitó el fracking.

Además, estableció el mínimo vital de 50 litros diarios por persona mientras los estándares internacionales o la propia Suprema Corte de Justicia de la Nación, establecen que debe estar en al menos 100 litros.

¿Cómo avanzar en este tema desde una perspectiva de derechos humanos si el gobierno privilegia a la iniciativa privada y actores como Nestlé que buscan privatizar este servicio básico?

Para empresas como ésta, México es un lucrativo pastel. Somos campeones mundiales en consumo de agua embotellada, por lo tanto, desde su punto de vista, la situación es idónea y no debe alterarse. Si nuestros representantes no sienten de manera espontánea la necesidad y,  más aún, la obligación de proteger este recurso natural y asegurarnos su disponibilidad, ¿qué nos queda?, ¿morir de sed?

Un primer paso para quienes cuentan con agua corriente en sus hogares, es dejar de ser parte del grupo de ovejas que compran y compran agua embotellada. Existen filtros de bajo costo y muy efectivos para poder consumir agua de la llave sin tener que financiar la codicia de las embotelladores. ¿Cómo puede ser más caro agua que refresco?. Luego limitar su consumo, cuidarla y no desperdiciarla como si fuese inagotable.

Sin embargo, si nos limitamos a nuestra responsabilidad individual no será suficiente para contrarrestar décadas de desperdicio y contaminación.

El ODS #6 estipula: Garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todos

Sencillamente si no hacemos valer, reconocer e implementar los ODS, el agua se convertirá en el oro del 2015, solo que con una gran diferencia: podemos vivir sin oro pero no sin agua.

Solo pensarlo me da sed.

Gisela Pérez de Hacha

@gisela_pda

Todos somos corruptos

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corrupcionEl año pasado, Enrique Peña Nieto dijo que la corrupción era un asunto de orden cultural. Odio decirlo, pero tiene razón: en México, todos somos corruptos. La corrupción está en todos los niveles e incluye a la mayoría de ciudadanos.

Viniendo del presidente suena a una excusa demagógica para justificar los altos índices de sobornos, cohechos y extorsiones en el poder público. En la percepción de los ciudadanos, el 91% de los mexicanos asegura que la corrupción es el pan diario de los partidos políticos. El 90% asegura lo mismo de la policía. Un 80% no confía en las instituciones judiciales.

 

Pero, ¿qué hay de nosotros mismos?

“El que no transa no avanza”, dice el refrán popular. Con mucha razón. Si bien tenemos escándalos como los de la Casa Blanca, los millones de pesos desaparecidos del presupuesto público y el nepotismo que es como plaga en nuestro país, la corrupción no es algo que solo compete a los políticos.

Nosotros los ciudadanos, también somos corruptos. Cada que buscamos salir de un problema o de una multa con moches, mordidas y sobornos nos convertimos en un espejo de aquello de lo que tanto nos quejamos. Validamos este cáncer social que carcome a nuestro país.

Cuando corrompemos a algún funcionario o policía, buscamos un beneficio personal a corto plazo con un altísimo impacto social: es lo mismo que hace la clase política que nos tiene hundidos. Nada nos diferencia.

¿Cómo exigir democracia con los niveles de corrupción que sufre nuestro país? Según el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional, en 2014 México obtuvo una calificación de 35 puntos sobre 100, siendo 0 altamente corrupto. Por otro lado, se estima que la corrupción equivale al 80% de la recaudación de impuestos a nivel federal. En vez de que ese dinero se invierta en beneficios sociales o económicos para la población, desaparece en manos de quienes detentan el poder.

Pero insisto, cada uno de nosotros tiene una enorme responsabilidad en esto. Cuando pensamos, “¿para qué cumplir las leyes cuando puedo dar una mordida?”; “¿por qué esperar más tiempo –en esta terrible burocracia—si puedo acelerar las cosas?” o “¿para qué acatar una condena judicial, si puedo obtener un beneficio a mi manera”? Todo esto carcome el sistema desde adentro. A esto se suma un factor aún más perverso: aquellos que más se benefician de los actos de corrupción, son quienes tienen dinero para hacerlo. Al pobre y al jodido no le aplican los mismos privilegios.

Tal vez no podamos cambiar ni incidir en la Comisión Nacional Anticorrupción, recién creada por Peña Nieto y sin ningún resultado concreto. Tal vez tampoco podamos hacer que reaparezca el presupuesto público en materia de impuestos de estados y municipios. Inclusive, fuera de las exigencias de protesta, no es nuestra facultad procesar o dimitir a los funcionarios involucrados en la Casa Blanca.

Lo que sí podemos hacer es darnos cuenta que la principal causa de la corrupción es la falta de consciencia social. Empecemos por no ceder ante nuestro beneficio personal. Pensemos en una sociedad más completa, en la que cada vez que corrompemos a un funcionario, hacemos un daño específico. No podemos seguir quejándonos sin hacer nada. Es hora de actuar. El cambio está en nuestras manos y pequeñas acciones diarias.

 

Les dejo esta frase lapidaría del poeta colombiano Jorge González Moore:

“La corrupción es causa directa de la pobreza de los pueblos y suele ser la razón principal de sus desgracias sociales.”

 

Gisela Pérez de Hacha

@gisela_pda

Asesinados

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image1Cuando el poder asesina a un periodista, también matan algo dentro de cada uno de nosotros. No solo nos deja con menos información, sino que además manda un mensaje perverso: al que critique, disienta y no esté de acuerdo, le pasará lo mismo.

Ha pasado más de una semana desde el asesinato de Rubén Espinoza y cuatro mujeres, de las cuales al principio no supimos sus nombres, como si sus vidas no importaran. Así de invisible la violencia de género en México. Hoy sabemos que se llaman Nadia Vera, Yesenia Quiroz Alfaro, Olivia Alejandra Negrete y Mile Virginia Martín.  Los cinco cuerpos fueron encontrados con signos de tortura y un tiro de gracia en la sien. Ellas, las mujeres, estaban desnudas, maniatadas, golpeadas y violadas (al menos dos de ellas). Las huellas de tortura sexual mandan un mensaje adicional: a cualquier mujer puede pasarle lo mismo.

Los periodistas juegan un papel clave en cualquier democracia. Son el cuarto poder. No puede haber una transformación cultural sin los mecanismos de seguimiento y revisión incluyente, donde los medios de comunicación juegan un rol clave en procesar y filtrar la información. Son de los pocos encargados de fiscalizar al gobierno y denunciar la corrupción o los lazos con el crimen organizado. Cuando uno muere, la libertad de expresión y el derecho de acceso a la información se ven en riesgo.

Si los medios de comunicación, a través de sus colaboradores, se encuentran en riesgo por ejercer su trabajo con un enfoque de derechos, la ciudadanía en México no va a poder apropiarse del agenda e involucrarse. Sin un entorno favorable al derecho a la información no puede haber un desarrollo incluyente.

Es paradójico que apenas el domingo pasado el gobierno mexicano haya suscrito que “el ataque a la libertad de prensa es un ataque a la aspiración de una sociedad justa y equitativa” en la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030.

Abramos los ojos. Estamos sumergidos en una situación de violencia sin precedentes. Tan solo el estado de Veracruz es uno de los lugares más peligrosos para ejercer el periodismo en el mundo, apenas por debajo de Irak, Somalia y Siria. Trece periodistas han sido asesinados desde que Javier Duarte fue electo en el año 2010. La situación en el país es similar: desde el año 2000, 88 periodistas han sido asesinados por causas relacionadas con su trabajo según cifras de la organización Artículo 19.

Mientras periodistas como Rubén ponen su vida en riesgo para criticar al poder, voceros del gobierno como Ricardo Alemán validan el discurso oficial diciendo que “el GDF tiene evidencias de que se trató de una presunta agresión mezcla robo y venganza y que los presuntos responsables no sabían siquiera que Rubén Espinosa era fotoperiodista.” Falso. No fue un robo. No fue una fiesta. Fue, muy probablemente, un crimen políticamente motivado y ligado a su labor de periodista. Sin solidaridad en el gremio, estas muertes seguirán pasando, sin que el poder se mueva un ápice.

¿Cómo evitar estas matanzas? ¿Cómo terminar con el clima de impunidad que reina en México?

Días después de la noticia se organizó un mitin en el Ángel de la Independencia. Éramos pocos. Éramos demasiados pocos. Olvidamos que la democracia somos cada uno de nosotros, y que si no salimos a protestar y reclamar justicia, seguiremos atorados en lo mismo. Como sociedad, debemos reconocer la dignidad de las víctimas y sus familiares. Debemos apoyar aquellas organizaciones de derechos humanos que están exigiendo el proceso debido como el Centro Pro de Derechos Humanos, Amnistía Internacional o Artículo 19. Debemos también cuestionar el rol de los medios masivos de comunicación, y no creer todo lo que nos dicen. La información y las ideas son la primer arma contra los autoritarismos. Esto nos debería dar mejores elementos para exigir y hacer valer nuestro rol en gobernanza, entendiendo al mismo como los mecanismos participativos en proponer, exigir y cumplir entre toda la sociedad como buen gobierno. Que quede muy claro: el buen gobierno está lejos de ser la élite política.

Lo más doloroso de todo es que sabemos que no habrá justicia. El poder gana con estos asesinatos. Gana Javier Duarte porque silencia a sus críticos. Gana un sistema en el que reina la impunidad, la violencia y el odio a las mujeres. Con estas muertes, triunfa un gobierno en el que los peores delincuentes parecen formar parte del Estado.

Gisela Pérez de Hacha

@gisela_pda