Los verdaderos miserables

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MiroStefanovicAvaricia“Quienes requieren tanto, cargan con un vacío insoportable: relojes de tres millones de pesos, yates y aviones presidenciales. Si tener un traje de cien mil dólares no es un grito desesperado por sentirse valioso, por sentirse amado y respetado; entonces no sé lo que es”

(Palabras de plomo, José de la Serna)

 Hay que ser miserable y profundamente infeliz para trasladar el impulso vital a la posesión de objetos y dinero. Cómo me iluminé el día que comprendí que en la extraordinaria obra de Victor Hugo los miserables no eran los hijos de la carencia representados por Jean Valjean, Fantine ni Cosette sino los otros; los insensibles, los que abusaron del poder, los empobrecidos por dentro.

La miseria humana, en sus expresiones más perturbadoras, suele presentarse entre quienes hacen lo que sea –literalmente lo que sea– por acumular riqueza.

El terrible problema con la codicia es que, aunque se trata de una patología personal; sus consecuencias se multiplican en colectivo enfermando a la sociedad entera. Doblemente terrible es admitir, además, que a la codicia nos hemos entregado todos en mayor o menor grado.

Hagamos el ejercicio de mirar alrededor, si estamos en la casa o en el lugar de trabajo, en un sitio público: ¿son necesarios todos los objetos que poseemos?, ¿qué tan despegados de la realidad están los precios en el restaurante donde comemos y por qué lo elegimos?, ¿para demostrar qué?, ¿y los precios de la ropa y de los dispositivos electrónicos que tenemos?

Pongamos ojo, sólo por ejemplificar, a nuestras pertenencias personales: las prendas que llevamos, lo que guardamos en el bolso o en la cartera, ¿es absolutamente prescindible para vivir?. Vamos a plantearnos la pregunta de otra manera, imagínense en un estado de sobrevivencia: ¿qué de todo lo que poseemos nos sería realmente útil en una situación extrema?

Sí, ya sé que me dirán que ustedes trabajan honradamente y que precisamente para eso trabajan, para poder comprarse tal o cual objeto y pagar tal o cual servicio… lo mismo diré yo y, sin embargo, sé que podríamos ser infinitamente más austeros, más sensatos, más responsables con esa bestia interior que nos hace desear y poseer.

Hemos construido un sistema que produce multimillonarios que podrían alimentar países enteros; pero el panorama no está completo si no decimos que Bill Gates, Carlos Slim, Warren Buffet y los otros 1,826 multimillonarios que aparecen en la lista de Forbes 2015 son resultado de una visión corporativista del mundo donde los pobres son reducidos a una especie de merma industrial.

Este sistema tan aberrante se refuerza a partir de un mecanismo obsceno: los ricos se alimentan de los pobres. Porque no ocurre precisamente que la fortuna de Carlos Slim beneficie estructuralmente a las comunidades más vulnerables ni que sus empresas redunden en mejorar las prácticas o indicadores sociales de México. No.

Así como tampoco ocurre que las conductas faraónicas, ostentosas y groseras de algunos funcionarios públicos deriven en la mejoría social de los segmentos que más urgentemente lo requieren.

El sociólogo Zygmunt Bauman se pregunta en su más reciente libro “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?” y la respuesta es obvia: no. Lo retador sería detenernos a pensar por qué entonces aspiramos al éxito y a la riqueza como modelo único de realización. Y hasta qué extremos conduciremos la desigualdad social si nos empeñamos en perpetuar dicho modelo.

Las 85 personas más adineradas del mundo poseen una riqueza que equivale a la que suman las 4,000 millones de personas más pobres.

Y en México el 1% de la población posee la mitad de la riqueza nacional.

Esos indicadores deberían darnos un mensaje, en principio deberían decirnos que algo estamos haciendo mal.

Ricardo Raphael, en su texto El Mirreynato o la otra desigualdad; desarrolla un capítulo que llama “Automóviles, yates y aviones” para referirse al medio de transporte como uno de los símbolos más importantes para marcar el estatus social. Ya casi para terminar, cito un breve párrafo:

El Mirrey conduce un Porsche, un BMW o un Cadillac, el valor aproximado de estas unidades ronda entre 1 y 1.5 millones de pesos. No deja de ser un precio irritante cuando se compara con el ingreso promedio que obtiene la mitad de los trabajadores mexicanos, poco más de 48 mil pesos anuales: en otras palabras, para 1 de cada 2 mexicanos en edad de laborar, esos automóviles valen lo mismo que 20 años de trabajo.

Es impúdico, carajo.

Detengámonos a pensar si el canto de las sirenas que tanto nos llama al éxito, a la posesión de bienes a cualquier precio no es más bien una especie de suicidio colectivo al que nos entregamos ciega y torpemente, detengámonos a pensar en la responsabilidad moral y ética del estilo de vida que cada uno hemos elegido y  si no será tiempo de hacer algunas modificaciones personales.

Detengámonos a pensar, aunque duela, cuánto estamos contribuyendo a fortalecer ese imperio de miserables.

 

Alma Delia Murillo

Caricatura de Miro Stefanovic

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