Injusticia

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Cauduro2En una esquina del edificio de la Suprema Corte de Justicia, un enorme mural plasma la realidad de nuestro sistema penal. Aquellas paredes de más de tres pisos y amplios espacios respiran injusticia. Crudamente, el artista Rafael Cauduro retrató los métodos de tortura más utilizados por los Ministerios Públicos en interrogatorios penales. Descargas eléctricas en extremidades y genitales. Golpes con puños, botas y palos. Amenazas de muerte. Semi-asfixia. Violaciones. Violencia sexual. Y por supuesto, el tehuacanazo: un chorro de agua mineral con chile que se mete por la nariz para que el interrogado no pueda respirar.

 

Estos son los métodos que según Amnistía Internacional, se utilizan para arrancar confesiones, informaciones y extorsiones en los juicios. Los interrogados aceptan todo con tal de que la insoportable violencia pare. A eso se suma la paradoja de la impunidad en nuestro país: los culpables están libres, mientras los inocentes pagan, y son torturados. Cada día, 95 mil presuntos inocentes viven en las cárceles como presuntos culpables.

 

Acusaciones sin pruebas. Juicios sin juez. Penas sin justicia.

 

Y es que en el sistema judicial mexicano las reglas están invertidas. El 99% de los crímenes no son castigados. El 92% de las acusaciones se basan en testigos oculares y carecen de evidencia física. El 93% de los presos nunca vieron una orden de aprehensión.

 

Si caes en manos de la policía, eres culpable hasta que demuestres lo contrario. Para hacerlo, tendrías que luchar en contra de los testimonios de policías que son la prueba más importante, aunque mientan. Tendrás que aceptar violaciones a tu derecho al debido proceso. Son las autoridades quienes violan la ley y no tienen menor reparo en tus derechos humanos. No hay manera de protegerse contra ellos.

 

Los mayores criminales —coludidos con la clase política o con suficiente dinero para pagar sofisticados abogados—raramente están tras las rejas. Los casos de la guardería ABC, Ayotzinapa y Tlatlaya son la mejor prueba de eso. Es un sistema de procuración de justicia corrupto, sobrepasado, obsoleto y enfermizo.

 

Desde 2012, al menos cuatro jóvenes inocentes han ido a parar a la cárcel por sus ideales. Su peor crimen fue posicionarse en contra del sistema.

 

A Mario González lo detuvieron un dos de octubre, lo golpearon con la mano abierta, y le sacaron todo el aire de los pulmones. Pasó dos años en la cárcel. Después de varios procesos, fue puesto en libertad. No había pruebas en su contra.

A Jaqueline Santana y Bryan Reyes, la propia policía intentó secuestrarlos. Después de un intento fallido, los procesaron por “haberse robado 500 pesos.” Ocho meses después, sin pruebas, fueron puestos en libertad.

Estos son apenas dos casos. Hay al menos 300 más. ¿Qué tipo de justicia encarcela a disidentes y activistas políticos sin pruebas y sin juicio? ¿Qué sistema democrático deja intacta la corrupción, y persigue a jóvenes inocentes?

 

Mientras tanto, los Ministros de la Suprema Corte pasan diario por las enormes escaleras que envuelven los murales de Cauduro. Sus rostros inertes parecen no reparar en las pinturas de mujeres difuminadas: caras de fantasmas, que se esconden detrás de miles de expedientes judiciales. No son más que un número. Una terrible burocracia. Un objetivo sin rumbo. Un caso de papel.

 

Es un error pensar que la tortura y los altos niveles de impunidad no nos afectan. No hay sociedad más descompuesta que aquella en donde reina la injusticia. Y nosotros mexicanos, pasmados y muertos de miedo, somos cómplices de la situación.

¿Hasta cuándo diremos “ya basta”?

 

Gisela Pérez de Acha

@gisela_pda

 

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