Asesinados

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image1Cuando el poder asesina a un periodista, también matan algo dentro de cada uno de nosotros. No solo nos deja con menos información, sino que además manda un mensaje perverso: al que critique, disienta y no esté de acuerdo, le pasará lo mismo.

Ha pasado más de una semana desde el asesinato de Rubén Espinoza y cuatro mujeres, de las cuales al principio no supimos sus nombres, como si sus vidas no importaran. Así de invisible la violencia de género en México. Hoy sabemos que se llaman Nadia Vera, Yesenia Quiroz Alfaro, Olivia Alejandra Negrete y Mile Virginia Martín.  Los cinco cuerpos fueron encontrados con signos de tortura y un tiro de gracia en la sien. Ellas, las mujeres, estaban desnudas, maniatadas, golpeadas y violadas (al menos dos de ellas). Las huellas de tortura sexual mandan un mensaje adicional: a cualquier mujer puede pasarle lo mismo.

Los periodistas juegan un papel clave en cualquier democracia. Son el cuarto poder. No puede haber una transformación cultural sin los mecanismos de seguimiento y revisión incluyente, donde los medios de comunicación juegan un rol clave en procesar y filtrar la información. Son de los pocos encargados de fiscalizar al gobierno y denunciar la corrupción o los lazos con el crimen organizado. Cuando uno muere, la libertad de expresión y el derecho de acceso a la información se ven en riesgo.

Si los medios de comunicación, a través de sus colaboradores, se encuentran en riesgo por ejercer su trabajo con un enfoque de derechos, la ciudadanía en México no va a poder apropiarse del agenda e involucrarse. Sin un entorno favorable al derecho a la información no puede haber un desarrollo incluyente.

Es paradójico que apenas el domingo pasado el gobierno mexicano haya suscrito que “el ataque a la libertad de prensa es un ataque a la aspiración de una sociedad justa y equitativa” en la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030.

Abramos los ojos. Estamos sumergidos en una situación de violencia sin precedentes. Tan solo el estado de Veracruz es uno de los lugares más peligrosos para ejercer el periodismo en el mundo, apenas por debajo de Irak, Somalia y Siria. Trece periodistas han sido asesinados desde que Javier Duarte fue electo en el año 2010. La situación en el país es similar: desde el año 2000, 88 periodistas han sido asesinados por causas relacionadas con su trabajo según cifras de la organización Artículo 19.

Mientras periodistas como Rubén ponen su vida en riesgo para criticar al poder, voceros del gobierno como Ricardo Alemán validan el discurso oficial diciendo que “el GDF tiene evidencias de que se trató de una presunta agresión mezcla robo y venganza y que los presuntos responsables no sabían siquiera que Rubén Espinosa era fotoperiodista.” Falso. No fue un robo. No fue una fiesta. Fue, muy probablemente, un crimen políticamente motivado y ligado a su labor de periodista. Sin solidaridad en el gremio, estas muertes seguirán pasando, sin que el poder se mueva un ápice.

¿Cómo evitar estas matanzas? ¿Cómo terminar con el clima de impunidad que reina en México?

Días después de la noticia se organizó un mitin en el Ángel de la Independencia. Éramos pocos. Éramos demasiados pocos. Olvidamos que la democracia somos cada uno de nosotros, y que si no salimos a protestar y reclamar justicia, seguiremos atorados en lo mismo. Como sociedad, debemos reconocer la dignidad de las víctimas y sus familiares. Debemos apoyar aquellas organizaciones de derechos humanos que están exigiendo el proceso debido como el Centro Pro de Derechos Humanos, Amnistía Internacional o Artículo 19. Debemos también cuestionar el rol de los medios masivos de comunicación, y no creer todo lo que nos dicen. La información y las ideas son la primer arma contra los autoritarismos. Esto nos debería dar mejores elementos para exigir y hacer valer nuestro rol en gobernanza, entendiendo al mismo como los mecanismos participativos en proponer, exigir y cumplir entre toda la sociedad como buen gobierno. Que quede muy claro: el buen gobierno está lejos de ser la élite política.

Lo más doloroso de todo es que sabemos que no habrá justicia. El poder gana con estos asesinatos. Gana Javier Duarte porque silencia a sus críticos. Gana un sistema en el que reina la impunidad, la violencia y el odio a las mujeres. Con estas muertes, triunfa un gobierno en el que los peores delincuentes parecen formar parte del Estado.

Gisela Pérez de Hacha

@gisela_pda

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