Todos somos corruptos

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corrupcionEl año pasado, Enrique Peña Nieto dijo que la corrupción era un asunto de orden cultural. Odio decirlo, pero tiene razón: en México, todos somos corruptos. La corrupción está en todos los niveles e incluye a la mayoría de ciudadanos.

Viniendo del presidente suena a una excusa demagógica para justificar los altos índices de sobornos, cohechos y extorsiones en el poder público. En la percepción de los ciudadanos, el 91% de los mexicanos asegura que la corrupción es el pan diario de los partidos políticos. El 90% asegura lo mismo de la policía. Un 80% no confía en las instituciones judiciales.

 

Pero, ¿qué hay de nosotros mismos?

“El que no transa no avanza”, dice el refrán popular. Con mucha razón. Si bien tenemos escándalos como los de la Casa Blanca, los millones de pesos desaparecidos del presupuesto público y el nepotismo que es como plaga en nuestro país, la corrupción no es algo que solo compete a los políticos.

Nosotros los ciudadanos, también somos corruptos. Cada que buscamos salir de un problema o de una multa con moches, mordidas y sobornos nos convertimos en un espejo de aquello de lo que tanto nos quejamos. Validamos este cáncer social que carcome a nuestro país.

Cuando corrompemos a algún funcionario o policía, buscamos un beneficio personal a corto plazo con un altísimo impacto social: es lo mismo que hace la clase política que nos tiene hundidos. Nada nos diferencia.

¿Cómo exigir democracia con los niveles de corrupción que sufre nuestro país? Según el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional, en 2014 México obtuvo una calificación de 35 puntos sobre 100, siendo 0 altamente corrupto. Por otro lado, se estima que la corrupción equivale al 80% de la recaudación de impuestos a nivel federal. En vez de que ese dinero se invierta en beneficios sociales o económicos para la población, desaparece en manos de quienes detentan el poder.

Pero insisto, cada uno de nosotros tiene una enorme responsabilidad en esto. Cuando pensamos, “¿para qué cumplir las leyes cuando puedo dar una mordida?”; “¿por qué esperar más tiempo –en esta terrible burocracia—si puedo acelerar las cosas?” o “¿para qué acatar una condena judicial, si puedo obtener un beneficio a mi manera”? Todo esto carcome el sistema desde adentro. A esto se suma un factor aún más perverso: aquellos que más se benefician de los actos de corrupción, son quienes tienen dinero para hacerlo. Al pobre y al jodido no le aplican los mismos privilegios.

Tal vez no podamos cambiar ni incidir en la Comisión Nacional Anticorrupción, recién creada por Peña Nieto y sin ningún resultado concreto. Tal vez tampoco podamos hacer que reaparezca el presupuesto público en materia de impuestos de estados y municipios. Inclusive, fuera de las exigencias de protesta, no es nuestra facultad procesar o dimitir a los funcionarios involucrados en la Casa Blanca.

Lo que sí podemos hacer es darnos cuenta que la principal causa de la corrupción es la falta de consciencia social. Empecemos por no ceder ante nuestro beneficio personal. Pensemos en una sociedad más completa, en la que cada vez que corrompemos a un funcionario, hacemos un daño específico. No podemos seguir quejándonos sin hacer nada. Es hora de actuar. El cambio está en nuestras manos y pequeñas acciones diarias.

 

Les dejo esta frase lapidaría del poeta colombiano Jorge González Moore:

“La corrupción es causa directa de la pobreza de los pueblos y suele ser la razón principal de sus desgracias sociales.”

 

Gisela Pérez de Hacha

@gisela_pda

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