Injusticia

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Cauduro2En una esquina del edificio de la Suprema Corte de Justicia, un enorme mural plasma la realidad de nuestro sistema penal. Aquellas paredes de más de tres pisos y amplios espacios respiran injusticia. Crudamente, el artista Rafael Cauduro retrató los métodos de tortura más utilizados por los Ministerios Públicos en interrogatorios penales. Descargas eléctricas en extremidades y genitales. Golpes con puños, botas y palos. Amenazas de muerte. Semi-asfixia. Violaciones. Violencia sexual. Y por supuesto, el tehuacanazo: un chorro de agua mineral con chile que se mete por la nariz para que el interrogado no pueda respirar.

 

Estos son los métodos que según Amnistía Internacional, se utilizan para arrancar confesiones, informaciones y extorsiones en los juicios. Los interrogados aceptan todo con tal de que la insoportable violencia pare. A eso se suma la paradoja de la impunidad en nuestro país: los culpables están libres, mientras los inocentes pagan, y son torturados. Cada día, 95 mil presuntos inocentes viven en las cárceles como presuntos culpables.

 

Acusaciones sin pruebas. Juicios sin juez. Penas sin justicia.

 

Y es que en el sistema judicial mexicano las reglas están invertidas. El 99% de los crímenes no son castigados. El 92% de las acusaciones se basan en testigos oculares y carecen de evidencia física. El 93% de los presos nunca vieron una orden de aprehensión.

 

Si caes en manos de la policía, eres culpable hasta que demuestres lo contrario. Para hacerlo, tendrías que luchar en contra de los testimonios de policías que son la prueba más importante, aunque mientan. Tendrás que aceptar violaciones a tu derecho al debido proceso. Son las autoridades quienes violan la ley y no tienen menor reparo en tus derechos humanos. No hay manera de protegerse contra ellos.

 

Los mayores criminales —coludidos con la clase política o con suficiente dinero para pagar sofisticados abogados—raramente están tras las rejas. Los casos de la guardería ABC, Ayotzinapa y Tlatlaya son la mejor prueba de eso. Es un sistema de procuración de justicia corrupto, sobrepasado, obsoleto y enfermizo.

 

Desde 2012, al menos cuatro jóvenes inocentes han ido a parar a la cárcel por sus ideales. Su peor crimen fue posicionarse en contra del sistema.

 

A Mario González lo detuvieron un dos de octubre, lo golpearon con la mano abierta, y le sacaron todo el aire de los pulmones. Pasó dos años en la cárcel. Después de varios procesos, fue puesto en libertad. No había pruebas en su contra.

A Jaqueline Santana y Bryan Reyes, la propia policía intentó secuestrarlos. Después de un intento fallido, los procesaron por “haberse robado 500 pesos.” Ocho meses después, sin pruebas, fueron puestos en libertad.

Estos son apenas dos casos. Hay al menos 300 más. ¿Qué tipo de justicia encarcela a disidentes y activistas políticos sin pruebas y sin juicio? ¿Qué sistema democrático deja intacta la corrupción, y persigue a jóvenes inocentes?

 

Mientras tanto, los Ministros de la Suprema Corte pasan diario por las enormes escaleras que envuelven los murales de Cauduro. Sus rostros inertes parecen no reparar en las pinturas de mujeres difuminadas: caras de fantasmas, que se esconden detrás de miles de expedientes judiciales. No son más que un número. Una terrible burocracia. Un objetivo sin rumbo. Un caso de papel.

 

Es un error pensar que la tortura y los altos niveles de impunidad no nos afectan. No hay sociedad más descompuesta que aquella en donde reina la injusticia. Y nosotros mexicanos, pasmados y muertos de miedo, somos cómplices de la situación.

¿Hasta cuándo diremos “ya basta”?

 

Gisela Pérez de Acha

@gisela_pda

 

Las muertas invisibles

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feminicidiosEn México, los feminicidios parecen no ser importantes. Vivimos crisis perpetuas: miles de muertos por la lucha contra el crimen organizado, desapariciones forzadas en manos de la policía, escándalos de corrupción y ejecuciones extrajudiciales por parte del ejército.

No hay que confundirnos. Un homicidio a una mujer no es lo mismo que un feminicidio. Este último implica un crimen atroz que pasa por una profunda violencia de género. Son mujeres a las que se asesina por el simple hecho de ser mujeres. Las impunes muertes se convierten en simples cuerpos sin nombre ni apellido. Son cuerpos abusados sexualmente. Torturados. Destruidos. Cuerpos que sufren golpes antes y después de su muerte. Mutilados. Maltratados. Cuerpos que se tiran como basura. Que no valen nada.

En nuestro país, se cometen 6.4 feminicidios al día de los cuales 95% quedan impunes según la Organización de Naciones Unidas. El peor estado —con una cuarta parte más muertas que en las peores épocas de Ciudad Juárez— es el Estado de México. En el periodo en que Enrique Peña Nieto era gobernador, se registraron 1,997 feminicidios que no fueron correctamente investigados.

No hay personas. No hay historias. La justicia, tampoco vale nada.

Que quede claro: el Estado es cómplice de estas muertes. Los feminicidios son una demostración extrema de poder masculino. Frente a esto, la política pública parece ser silencio e indiferencia. Por si fuera poco, las investigaciones parten de la propia ideología machista de los policías que la conducen. Cualquier ideal de justicia se contamina. La desigualdad se perpetúa.

Las respuestas más comunes de los policías, suelen apuntar a que la culpa es de las víctimas. Por vestirse con mini-faldas muy cortas. Por andar trabajando en lugares donde se ejerce la prostitución. Por meterse con tipos peligrosos. Para ellos, este tipo de violencia no solo es “normal” e invisible, sino merecida. ¿En qué mundo cabe que ser mutilada, violada, golpeada, desaparecida y desechada es culpa de una misma? ¿Qué tipo sistema de justicia no castiga y hace responsable a quien lo hizo?

Esta es la realidad de todos los días. Crímenes sin sanciones. Y familias enteras que buscan a sus hijas sin apoyo del Estado. Antes de saber que Diana García Medrano fue asesinada en Ciudad Juárez en 2003, su madre fue a reportarla como desaparecida. El Ministerio Público desechó su petición, y la tranquilizó diciendo: “no se preocupe, seguro anda con el novio”.  En 2010, Mariana Lima Buendía fue asesinada, maltratada y amarrada por su esposo. Las autoridades, sin pruebas, clasificaron su muerte como “suicidio.”

La impunidad genera un incentivo perverso. Se vale matar, violar, desaparecer y tratar como basura. Las mujeres con menos recursos, marginadas por situaciones de violencia no son más que cadáveres y bolsas de huesos. Invisibles.

Se debe integrar una perspectiva de género en cada rincón de los aparatos de justicia. La igualdad es un principio que debe permear la ideología de cada policía, cada Ministerio Público, cada investigador y cada juez. Cada sector del Estado debe tener una política pública que ataque el problema y no se haga de oídos sordos.

En cuanto a nosotros, debemos educarnos en mentalidades que rompan los machismos y estereotipos de género que son la base del problema. De otra manera, los feminicidios incrementarán sin ninguna consecuencia. ¿Qué haremos cuando ya no se pueda dar marcha atrás a la violencia?

Gisela Pérez de Acha

@gisela_pda

¿Qué hacemos con México?

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imgresEl país se cae a pedazos. La corrupción nos hunde. Huye el Chapo. Los 43 no aparecen. La masacre de Tlatlaya sigue sin sanciones. Crece el cinismo del Partido Verde. Y al PRI nunca le pasa nada. Desapariciones, feminicidios o Casas Blancas. Todo da igual: el poder en turno no se tambalea.

Y tú, ciudadano de a pie: ¿qué haces? ¿Pasas horas frente a la computadora arreglando la democracia entre retuits, likes y memes? ¿A eso se reduce tu participación?

Las redes sociales dibujan la zona de confort. En nuestro país tan solo el 6% de los jóvenes entre 12 y 29 años participan en la vida pública. No se diga en el ámbito político o partidista, sino simplemente en la esfera pública: el espacio ciudadano donde se discuten y se toman las decisiones. Los futuros profesionistas, políticos, trabajadores y jefes están sumidos en una total indiferencia. No los culpo, el panorama es desalentador. Pero si las cosas siguen igual, es porque cada uno de nosotros lo permite.

Hace varios siglos, Etienne de la Boétie escribió su Discurso sobre la Servidumbre Voluntaria en el que decía que somos siervos y esclavos del poder tiránico porque así lo queremos. Porque no hacemos nada para cambiarlo. Porque como ciudadanos somos muchos más que aquellos que gobiernan, y decidimos no mover un dedo. Preguntaba de la Boétie: “¿Acaso no es vergonzoso ver a tantas y tantas personas, no tan sólo obedecer, sino arrastrarse? ¿No ser gobernados, sino tiranizados?”

¿Cómo romper este ciclo? ¿Cómo levantarse y hacer algo? ¿Qué se puede lograr?

Algunos creen que es suficiente salir a votar. Pero se equivocan, porque la democracia es mucho más que eso. Es información. Es protesta. Es creer que todos somos iguales, y actuar en consecuencia. Pero sobre todo, es disenso. Es no estar de acuerdo. Porque no hay nada más peligroso para el régimen que las ideas: aquellas fuerzas que nos hacen reaccionar y cuestionarnos.

¿Vamos a dejar que el poder construya mexicanos callados y obedientes?

Tú, ciudadano de a pie: no tienes que enfrentar a cada partido político y a todas las instituciones. Basta con que hagas algo que implique una mínima participación en la vida pública más allá de las redes sociales. Sal a protestar. Acércate a ONGs que necesitan manos de ayuda. Discute. Piensa. Involúcrate en el consejo de vecinos. ¡¡Lo que sea!! Acción 2015 puede servirte como una plataforma para ello.

Lo más paradójico del concepto de democracia, es que no depende de nadie más que de nosotros mismos. Cuentan todos y cada uno de los ciudadanos de a pie. Si todos hiciéramos algo, echaríamos a andar importantes cambios. Pero cruzarnos de brazos y creer que salvamos al mundo desde Facebook, difícilmente hará una diferencia. Dejemos el miedo. Dejemos las quejas. Empecemos a actuar.

Gisela Pérez de Acha

@gisela_pda

¿Y mi futuro… de a cuánto?

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B_R_qk-UQAAIn6FLa próxima semana, en Adís Abeba, Etiopia, se llevará a cabo el Foro Sobre Financiamiento del Desarrollo (FFD). Si bien el evento no goza de mucha cobertura por parte de los medios mexicanos, las negociaciones por celebrarse tendrán repercusiones y mostrarán el interés (o la falta del mismo) de nuestros gobernantes en adoptar medidas ambiciosas durante la próxima Asamblea General de la ONU este mes de Septiembre.

¿Será prioritario para nuestros gobernantes mejorar el acceso a servicios de salud, de educación, terminar con la pobreza extrema, desarrollar democracias más participativas y en fin de cuentas reducir las inequidades? En la discursiva sin duda, en los hechos… mucho ruido pocas nueces.

Se le atribuye la siguiente reflexión a Einstein “Si buscas resultados distintos haz las cosas diferentes”. Una idea fácil de entender para un niño de kínder. Sin embargo seguimos, tercos que somos, haciendo lo mismo desde hace décadas dejándonos sorprender una y otra vez por el fracaso resultante. Generación tras generación fracasamos en construir sociedades más equitativas en las que el fuerte protege al débil en vez de explotarlo.

No tienen que creerme pero como explicar que en los últimos 30 años la desigualdad haya aumentado y México sea de los mejores alumnos en la materia. El concepto de progreso es muy relativo cuando el poder adquisitivo ha disminuido un 73% entre 1976 y 2014. Mientras hay trabajadores que no ganan siquiera lo suficiente para comprar la canasta básica, el 1% más adinerado concentra casi la mitad de la riqueza nacional. Otro dato revelador: el 10% de los trabajadores mexicanos mejor pagados gana 30.5 veces más que el 10% menos remunerado. Esta cifra cae a apenas a cinco veces en el caso de países como Finlandia, modelo de bienestar social al que México no parece aspirar.

En este blog intentamos sensibilizar sobre la oportunidad única que representan los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS), para México y nuestro planeta en general. La pregunta que se planteará a los mandatarios la próxima semana se puede resumir en: ¿Nuestro legado a las siguientes generaciones serán los problemas que no tuvimos el valor de enfrentar o, al contrario, el esbozo de un camino hacia una sociedad más justa y un planeta todavía respirable?

Claro, apostar por un futuro a 15 años cuando el presente es aterrador, parece más un acto de fe que de pragmatismo. Dicho de otra manera, la Asamblea General de la ONU puede ser un espacio para tratar lo inmediato y mandar al traspatio los ODS.

Sin duda sería un error (uno más) postergar decisiones transcendentales para el futuro y empeñarse a pequeños compromisos, arreglos de poca monta para “enderezar” el ahora. A falta de voluntad política de los mandos y más grave, la falta de conciencia de la “opinión pública”, el mismo planeta nos manda señales de que hasta aquí llegamos. Nuestra tierra seguirá adelante, quizás con cambios lo suficientemente radicales como para borrarnos del mapa pero al menos tiene la consideración de avisarnos de vez en cuando.

De seguir de ciegos por el mundo, todo indica que el clima global seguirá calentándose con consecuencias incalculables. La población costera (la mayoría de la Humanidad) puede ir haciendo planes de mudanza para sus retoños. Los éxodos serán cada vez más frecuentes al igual que los conflictos que generan. ¿Ustedes compartirán su vivienda con refugiados climáticos del puerto de Acapulco o de Lázaro Cárdenas?

La realidad es que no podemos seguir postergando nuestra responsabilidad individual y colectiva acerca de lo que hacemos al prójimo y al mundo que dejaremos a nuestros hijos y nietos. Es tiempo para re imaginar el futuro y la Conferencia Internacional de Adís Abeba es una primera etapa al asignar recursos para un desarrollo común, en el que “el interés general prime sobre el interés particular y el reparto justo de las riquezas creadas por el mundo del trabajo, sobre el poder del dinero”, cómo señala el resistente francés Stephane Hessel en su libro ¡Indígnate!, el cual termina con el leitmotiv:

CREAR ES RESISTIR.

RESISTIR ES CREAR.

 

Nicolás Villa

Acción/2015

@3MonosInforman

Renovar o morir

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santaclausPoco a poco aniquilamos los pedazos del planeta tierra. El modelo energético basado en la quema indiscriminada de carbón y petróleo, es enteramente insostenible. Los recursos se están agotando. El calentamiento global empieza a afectarnos a todos.

Debemos detener nuestros patrones de consumo energético actual. Debemos tomar consciencia social. Debemos poner especial énfasis, ahora o nunca, en el desarrollo y mantenimiento de las energías renovables. Si no lo hacemos, la temperatura de la tierra aumentará dos grados Celsius: un punto de no retorno donde el deshielo de las capas de la Antártida y Groenlandia haría que el nivel del mar incrementara más de diez metros. Tan solo dos grados, y la tierra cambiaría de forma casi irreconocible.

El concepto de energías renovables es sencillo: utilizar energías de los recursos naturales que ya existen, como método alternativo a combustibles fósiles como el carbón o el petróleo. Estos últimos, al ser quemados, generan gases como dióxido y monóxido de carbono que dañan la atmósfera de nuestro planeta y potencian el efecto invernadero que calienta la tierra. Además generan lluvia ácida, y contaminan los aires, suelos y aguas.  Mientras más habitantes hay en el planeta, y más insaciables son nuestros patrones de consumo, más se utilizan estos combustibles, con efectos desastrosos en el ecosistema.

En México, la generación de electricidad a partir de combustibles fósiles en el periodo de 2008 a 2012 es más del 80%. En cambio, el viento, la tierra, el agua, los mares y el sol, tienen una enorme cantidad de energía que aprovechada de manera correcta pueden convertirse en plantas eólicas, geotérmicas, hidráulicas y solares que abastezcan nuestras necesidades. Hasta 2012, en nuestro país apenas el 14.9% de la electricidad venía de energías de este tipo.

Hay mucho por hacer, pero por más cambios y programas que implemente el gobierno, no hay fuente de energía que alcance si primero no se educa a la población. Ni la contaminación ni el calentamiento global encontrarán un límite, si primero no tomamos consciencia como ciudadanos.

México, un país con interminables recursos naturales y energía solar que dura todo el año, podría fácilmente ser el líder en energía renovable. ¿Qué es lo que nos falta?

El gobierno mexicano, sin duda considera que el tema está entre sus prioridades. La Reforma Energética incluyó a nivel constitucional, un elemento de sustentabilidad para utilizar recursos que permitan generar energía. Se creó la Ley para el Aprovechamiento de Energías Renovables y el Financiamiento de la Transición Energética; la Ley de la Industria Eléctrica y la Ley de Energía Geotérmica. Y además se implementó el mecanismo de Certificados de Energías Limpias, mediante el cual se obliga a los grandes participantes del mercado eléctrico a demostrar que el 5% del consumo de electricidad proviene de fuentes renovables.

En el Programa Especial para el Aprovechamiento de Energías Renovables, el gobierno mexicano reitera su compromiso en este campo. Citando a la Ley General de Cambio Climático, se establece que para 2024 el 35% de la energía del país vendrá de tecnologías de generación limpia. Y de manera muy general, se comprometen con una agenda de inclusión de género en la utilización de energías renovables, y encuadran los esfuerzos en “fomentar aquellos proyectos que (…) provean energía eléctrica a comunidades rurales que no cuenten con este servicio.”

Pero, ¿serán solo enunciados declarativos? ¿Qué certeza tenemos que estos objetivos se van a cumplir?

Mucho se ha criticado que la Reforma Energética tiene un enfoque que privilegia al sector privado por encima de la población. En el caso de energías renovables, el gobierno busca favorecer la inversión en energías renovables mediante descuentos fiscales para inversión en capital e impuestos al carbono para la mayoría de los combustibles fósiles.

¿Dónde quedan los objetivos para educar a la población en cómo utilizar dichas energías? ¿Dónde quedan las políticas reales de inclusión de género? ¿Dónde está la preocupación por la generación de empleo? ¿O los planes para compensar a los pueblos y personas desplazadas por la construcción de plantas de energía alternativa?

Renovar o morir. Porque si para 2024 queremos seguir viviendo en un planeta que no nos envenene, los objetivos trazados hasta ahora no son suficientes. Se requiere mucho más que la inversión del sector privado. Se requiere consciencia y educación: dos nociones que van mucho allá de lo planteado por cualquier gobierno. Se requiere un enfoque especial en las comunidades y los pueblos aislados.

Todos vivimos en el mismo mundo, y cada acción nos afecta mutuamente. Así que en última instancia, se requiere de cada uno de nosotros.

Gisela Pérez de Acha

@gisela_pda

El síndrome de Adultescente

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detalle5Supongo que a ustedes, como a mí, sus padres los aleccionaron para que fueran alguien en la vida.

Qué tremenda consigna si nos detenemos a pensar de qué se trata eso de ser alguien.

Cada momento histórico ha buscado una razón para la vida y cada etapa de la historia tuvo sus taras generacionales; no podemos negarlo.

Pero me cuesta imaginar un propósito de la existencia más ominoso, absurdo y ridículo que este de nuestros tiempos que se ha diseminado como la más contagiosa de las pestes: el del consumismo llevado a niveles insospechados.

El ocio, la irresponsabilidad y la adolescencia cada vez más prolongadas han generado adultos con poder adquisitivo que presentan hábitos de consumo que pueden ser considerados infantiles o propios de la pubertad. Eso es un adultescente. Y confieso que yo me cuento en el segmento.

Declaro, con vergüenza, que soy una adultescente o lo que en Norteamérica llamarían una Kidult  (kid con cartera de adult).

Es la palabra con la que se describe a una imbécil que, como yo, trabaja y gana dinero para gastárselo en estupideces que son equivalentes a los juguetes de los niños: ropa, dispositivos electrónicos, viajes como capricho personal, comidas con los amigos, alcohol, películas y series televisivas…tonterías. O sea, que daría lo mismo seguir comprando muñecas y dulces, ver caricaturas y coleccionar estampitas: lo que subyace de fondo es el deseo de preservar tendencias de consumo que no sólo evocan sino que materializan nuestra infancia.

Y en lo de materializar es que se jodió la cosa porque junto a mí hay millones de personas con los mismos hábitos de consumo y entre todos estamos arruinando el planeta Tierra pedazo a pedazo, país por país, océano tras océano.

Si alguien está pensando que la frivolidad de comprar ropa y dispositivos electrónicos no es parte de su cotidianidad, entonces analicemos los hábitos que se han promovido en este culto comercial a lo “saludable” con un poco más de lucidez y menos de mercadotecnia; sorpresa: son tremendamente dañinos. El consumo de agua embotellada y snacks dietéticos envueltos en plástico sobre plástico y cartón sobre cartón son dos de los productos que más generan basura en el mundo.

Vamos a ponerle números al asunto.

8 millones de toneladas de plástico flotan en los mares y océanos del planeta. (Estudio publicado en Science)

Y México es el mayor consumidor de agua embotellada en el mundo:

21 mil botellas de PET se tiran a la basura diariamente en nuestro país, y sólo la mitad de ellas se recicla, la otra mitad tarda 500 años en biodegradarse. (Poder del Consumidor)

No es de extrañar entonces que el 94% de los ríos en México estén contaminados (Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM) ni que cada año se pierdan 155 mil hectáreas de bosque que son el equivalente a 80 canchas de fútbol cada día (CONAFOR, Comisión Nacional Forestal).

 

Gran parte de los océanos e incluso islas enteras en el mundo son ya basureros flotantes; se han convertido en descomunales monstruos peninsulares que desbordan desechos plásticos y tecnológicos, desechos de plantas de procesamiento químico o desechos radioactivos y todos son resultado de lo que nosotros, la generación digital, hiperconectada, “saludable” y más consumista de la historia ha provocado.

Hagamos ahora números personales.

¿Cuántos jeans hay en tu clóset?

¿Cuántos pares de zapatos, cuántas camisas y tenis?

¿Cuántas botellitas de champú y frascos de crema hay en tu baño?

¿Cuántas botellas de agua o latas de refresco compras a la semana?

¿Cuántas barritas saludables envueltas en plástico consumes al mes?

¿Cuántas servilletas de papel arrojas a la basura después de cada comida?

Admito que revelar mis números me provoca vergüenza, acumulo y compro objetos que no necesito pero sé que no soy la única con esta conducta torpe e irresponsable: ahí están los océanos señalándonos a millones de personas como causantes de esto.

¿Será esta de verdad la única manera de demostrar que somos alguien en la vida?, ¿se nos van a ir los años así, trabajando y consumiendo incesantemente?

Sé que las respuestas son de cada uno, que las decisiones son personales e individuales pero ojalá que la conciencia no nos deje seguir siendo individualistas porque las consecuencias de nuestra conducta, hasta ahora, han sido devastadoras y de seguir igual, cualquier filme hollywoodense apocalíptico resultará ingenuo comparado con la realidad que nos espera.

Alma Delia Murillo

Los verdaderos miserables

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MiroStefanovicAvaricia“Quienes requieren tanto, cargan con un vacío insoportable: relojes de tres millones de pesos, yates y aviones presidenciales. Si tener un traje de cien mil dólares no es un grito desesperado por sentirse valioso, por sentirse amado y respetado; entonces no sé lo que es”

(Palabras de plomo, José de la Serna)

 Hay que ser miserable y profundamente infeliz para trasladar el impulso vital a la posesión de objetos y dinero. Cómo me iluminé el día que comprendí que en la extraordinaria obra de Victor Hugo los miserables no eran los hijos de la carencia representados por Jean Valjean, Fantine ni Cosette sino los otros; los insensibles, los que abusaron del poder, los empobrecidos por dentro.

La miseria humana, en sus expresiones más perturbadoras, suele presentarse entre quienes hacen lo que sea –literalmente lo que sea– por acumular riqueza.

El terrible problema con la codicia es que, aunque se trata de una patología personal; sus consecuencias se multiplican en colectivo enfermando a la sociedad entera. Doblemente terrible es admitir, además, que a la codicia nos hemos entregado todos en mayor o menor grado.

Hagamos el ejercicio de mirar alrededor, si estamos en la casa o en el lugar de trabajo, en un sitio público: ¿son necesarios todos los objetos que poseemos?, ¿qué tan despegados de la realidad están los precios en el restaurante donde comemos y por qué lo elegimos?, ¿para demostrar qué?, ¿y los precios de la ropa y de los dispositivos electrónicos que tenemos?

Pongamos ojo, sólo por ejemplificar, a nuestras pertenencias personales: las prendas que llevamos, lo que guardamos en el bolso o en la cartera, ¿es absolutamente prescindible para vivir?. Vamos a plantearnos la pregunta de otra manera, imagínense en un estado de sobrevivencia: ¿qué de todo lo que poseemos nos sería realmente útil en una situación extrema?

Sí, ya sé que me dirán que ustedes trabajan honradamente y que precisamente para eso trabajan, para poder comprarse tal o cual objeto y pagar tal o cual servicio… lo mismo diré yo y, sin embargo, sé que podríamos ser infinitamente más austeros, más sensatos, más responsables con esa bestia interior que nos hace desear y poseer.

Hemos construido un sistema que produce multimillonarios que podrían alimentar países enteros; pero el panorama no está completo si no decimos que Bill Gates, Carlos Slim, Warren Buffet y los otros 1,826 multimillonarios que aparecen en la lista de Forbes 2015 son resultado de una visión corporativista del mundo donde los pobres son reducidos a una especie de merma industrial.

Este sistema tan aberrante se refuerza a partir de un mecanismo obsceno: los ricos se alimentan de los pobres. Porque no ocurre precisamente que la fortuna de Carlos Slim beneficie estructuralmente a las comunidades más vulnerables ni que sus empresas redunden en mejorar las prácticas o indicadores sociales de México. No.

Así como tampoco ocurre que las conductas faraónicas, ostentosas y groseras de algunos funcionarios públicos deriven en la mejoría social de los segmentos que más urgentemente lo requieren.

El sociólogo Zygmunt Bauman se pregunta en su más reciente libro “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?” y la respuesta es obvia: no. Lo retador sería detenernos a pensar por qué entonces aspiramos al éxito y a la riqueza como modelo único de realización. Y hasta qué extremos conduciremos la desigualdad social si nos empeñamos en perpetuar dicho modelo.

Las 85 personas más adineradas del mundo poseen una riqueza que equivale a la que suman las 4,000 millones de personas más pobres.

Y en México el 1% de la población posee la mitad de la riqueza nacional.

Esos indicadores deberían darnos un mensaje, en principio deberían decirnos que algo estamos haciendo mal.

Ricardo Raphael, en su texto El Mirreynato o la otra desigualdad; desarrolla un capítulo que llama “Automóviles, yates y aviones” para referirse al medio de transporte como uno de los símbolos más importantes para marcar el estatus social. Ya casi para terminar, cito un breve párrafo:

El Mirrey conduce un Porsche, un BMW o un Cadillac, el valor aproximado de estas unidades ronda entre 1 y 1.5 millones de pesos. No deja de ser un precio irritante cuando se compara con el ingreso promedio que obtiene la mitad de los trabajadores mexicanos, poco más de 48 mil pesos anuales: en otras palabras, para 1 de cada 2 mexicanos en edad de laborar, esos automóviles valen lo mismo que 20 años de trabajo.

Es impúdico, carajo.

Detengámonos a pensar si el canto de las sirenas que tanto nos llama al éxito, a la posesión de bienes a cualquier precio no es más bien una especie de suicidio colectivo al que nos entregamos ciega y torpemente, detengámonos a pensar en la responsabilidad moral y ética del estilo de vida que cada uno hemos elegido y  si no será tiempo de hacer algunas modificaciones personales.

Detengámonos a pensar, aunque duela, cuánto estamos contribuyendo a fortalecer ese imperio de miserables.

 

Alma Delia Murillo

Caricatura de Miro Stefanovic