Peor que la orfandad

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mortalidad maternaNo hay experiencia más traumática, más violenta, más decisiva para la vida de cualquier ser humano que la orfandad.

Cuando la muerte de la madre ocurre durante el alumbramiento, es aún más trágico: ahí hay un ser humano recién nacido que dará tumbos toda su vida entre el abandono, el estigma, el duelo, la dureza de enfrentarse a la existencia sin una madre. Si es que sobrevive.

La mortalidad materna e infantil son otra herida por atender en México.

Según el Observatorio de Mortalidad Materna en México (Indicadores al año 2014) ocurren 43 muertes de mujeres por cada cien mil partos de nacidos vivos. “Lo frustrante con este problema de salud pública es que casi en el cien por ciento de los casos son muertes que pudieron evitarse, atenderse oportunamente de manera sencilla e incluso a bajo costo” dice Luanda Saltijeral, Oficial de Nutrición y Salud en Save the Children México.

 

La principal causa de mortalidad materna es la hipertensión arterial, un padecimiento que, al ser progresivo y obvio en sus síntomas, podría detenerse a tiempo. Y sin embargo, no sucede así, estamos, otra vez, frente a un asunto de negligencia gubernamental, de falta de distribución equitativa de recursos, de falta de acceso igualitario para todos los mexicanos a los servicios de salud fundamentales.

 

No será una sorpresa para nadie decir que más de 35 mil niños menores de 5 años mueren anualmente en México y que el 60% de ellos son indígenas. Y mueren por desnutrición: una madre mal alimentada o muerta, poco puede hacer por asegurarle una buena alimentación a su hijo. El círculo de la muerte y de la desnutrición generacional.

Un ciclo perverso e inducido por una serie de prácticas sociales equivocadas y dañinas que deriva en esto: mortalidad materna, desnutrición infantil, falta de acceso a la Salud y la Educación se va volviendo un asunto imposible de alcanzar. ¿Qué tipo de vida y qué futuro espera a quien nace con estas condiciones adversas impuestas por un sistema disfuncional?

Estamos delante de una crisis multifactorial que abarca variables culturales como la degeneración de la dieta que hemos ido empobreciendo desde la disminución de lactancia  materna (se redujo a la mitad en zonas rurales entre 2006 y 2012) hasta la adopción de prácticas alimentarias completamente alejadas de la dieta mesoamericana que es la que genéticamente más nos favorece: aquella que era baja en grasa, rica en fibras y proteínas vegetales ha cambiado por alimentos procesados altos en azúcares, grasas saturadas y almidones.

El alto consumo de refresco es, sin duda, otro gran responsable del desastroso estado nutricional de los niños mexicanos pues, como ya sabemos, incluso los que presentan obesidad o sobrepeso están desnutridos.

Pero también la discriminación y la pobreza juegan un papel importante en este tema: el nivel de acceso a la salud es directamente proporcional al nivel socioeconómico, mientras más bajo, más difícil es acudir a un centro de salud, clínica u hospital.

 

Hay mucho por hacer, mucho por legislar, pero también, mucho por transformar en la conciencia colectiva que tiende, compulsivamente, a ignorar los temas incómodos como este.

La mortalidad materna es el desenlace funesto de una suma de malas prácticas y carencias esenciales, por eso es vital empujar estas líneas de acción:

1.- Asegurar el acceso universal y gratuito a métodos de planificación familiar.

2.- Difundir información sobre anticoncepción de emergencia e interrupción del embarazo segura que sigue siendo un tema legalmente congelado por prejuicios que poco ayudan a mejorar el panorama.

3.- Asegurar la atención médica durante el embarazo y el puerperio, no sólo durante el parto.

4.- Asegurar un acceso oportuno a la atención obstétrica de emergencia.

 

Aunque en el contexto mexicano tales demandas suenen inalcanzables o tristemente “aspiracionales”, deberían ser derechos fundamentales para cualquier ser humano; y es posible. En países como Costa Rica, por ejemplo, la ley obliga a hospitales públicos y privados a atender a mujeres embarazadas o en labor de parto en situación de emergencia.

 

Se trata, una vez más, de sumar voluntades, ética y compromiso social.

Se trata, una vez más, de que nos involucremos todos.

 

Alma Delia Murillo

¿Cómo ser indígena y no morir en el intento?

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Durante siglos hemos faltado al respeto a nuestros pueblos indígenas.

Sistemáticamente, cotidianamente atentamos contra sus derechos, su dignidad, su bienestar social, sus creencias.

Qué triste resulta pensar que al empobrecerlos a ellos, nos empobrecemos todos, porque también nosotros, los mestizos, los mexicanos que una y otra vez nos avergonzamos de nuestro origen de piel morena, tenemos raíces indígenas.

Con toda franqueza importa poco enrolarnos en la discusión de formas para dilucidar si lo correcto es llamarles pueblos indígenas o pueblos originarios cuando lo esencial, lo vital, sería dejar de someterlos a una marginación sistemática que poco a poco los va desapareciendo. Según datos del INEGI hasta el año 2000 se mantenía una curva de crecimiento, sin embargo, en los últimos dos quinquenios, la población indígena muestra un decremento importante; las posibles explicaciones son dos y son igual de terribles: una es la muerte (temprana, por enfermedades que no pudieron ser atendidas, por enfermedades derivadas de la pobreza y la desnutrición crónica, por la invasiva violencia de la guerra del narco que ha devastado poblaciones indígenas). Y la otra es la negación, las personas nacidas como parte de un grupo indígena prefieren desconocerlo, renegar de su identidad como un acto de sobrevivencia.

“La población indígena vive una terrible violencia identitaria, a tal grado que para protegerse tienen que negar sus raíces para tratar de sobrevivir al estigma que la sociedad mexicana, en un acto aplastante de discriminación, les impone” dijo Óscar Rey Meneses, Presidente de la Asociación no gubernamental Altepetl en una conversación telefónica al respecto.

Es que los estamos asfixiando: por un lado el sistema construido para tratarlos como merma de fábrica o desecho corporativo los ha sumido en la miseria, (80% de las poblaciones indígenas viven en pobreza. INEGI). Y por otro lado la incapacidad colectiva de aceptar que somos un país pluri, multi e intercultural mantiene siempre a los diferentes en la periferia, en condiciones de sobrevivencia.

Este dato resultado de una encuesta que realizó el CONAPRED es desolador: 40% de las personas no indígenas encuestadas se organizarían para evitar que un grupo indígena se estableciera cerca de su comunidad.

Qué vergüenza.

Como sociedad civil hemos hecho muy poco, nos aterra sumarnos a causas que no nos den estatus o que no se consideren “cool” porque sí, mirar de frente la pobreza y las condiciones indignas en las que viven los que nos dieron origen puede resultar muy incómodo.

Pero las políticas de Estado tampoco han sido suficientes ni efectivas porque programas diseñados con una visión asistencialista o de beneficencia no resuelven la carencia estructural y porque tratar de convertir a los indígenas al concepto de “calidad de vida” urbano deriva en el exterminio por goteo, en la desintegración de las comunidades mediante migraciones constantes, en la pérdida de identidad.

Vale la pena detenernos a preguntar ¿qué quieren los pueblos originarios?

Una y otra vez lo han dicho: quieren respeto.

Detengámonos un poco más a analizar la palabra latina que le da origen: Respectus, del prefijo “re” (de nuevo) y “spectus” (ver).

Mirar de nuevo. Hay que volver a mirar, dejar la ceguera elegida y acomodaticia en la que vivimos y voltear a mirarlos.

¿Cuántas veces le hemos volteado el rostro a una persona indígena en la calle, en un restaurante?, ¿hasta dónde llega nuestra patológica necesidad de hacer como si no viéramos, de hacer como si no pasara nada?

En la misma encuesta del CONAPRED hay otra respuesta que cimbra:

Los pueblos indígenas consideran que su principal problema es la discriminación (20%) antes que la pobreza (9%)

Dejemos de estigmatizar, excluir y estereotipar a las comunidades indígenas. Digo dejemos y me refiero a nosotros, todos, tú, yo. Por ahí debería empezar el camino para abrir las oportunidades que les están siendo negadas.

¿O vamos a seguir pagándoles con desprecio, pobreza y marginación a los que nos dieron origen, a los que construyeron gran parte de la riqueza histórica y cultural de este país y de la que todos seguimos alimentándonos?

Respetar a los pueblos indígenas, volver a mirarlos, mirarlos.

Es una elección que depende de ti.

Alma Delia Murillo

Causa de muerte: hambre

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Foto: Sebastião Salgado

Usted, lector tan amable, tan bienintencionado, un poco olvidadizo, ¿se imagina lo que es no saber si va a poder comer mañana? Y, más: ¿se imagina cómo es una vida hecha de días y más días sin saber si va a poder comer mañana?

El anterior es un fragmento del libro El Hambre de Martín Caparrós (Planeta, 2014) y el libro entero es un viaje estremecedor por una de nuestra prácticas sociales más viles: dejar que otros seres humanos mueran a causa del hambre.

Voy a corregir: no dejamos que otros seres humanos se mueran de hambre, lo permitimos, lo provocamos, lo fomentamos.

Esta tragedia a la que nos hemos acostumbrado no es un asunto de tierra y agua para la agricultura y la ganadería, no: es un asunto de desigualdad, de pobreza, de corrupción, de hábitos de consumo y de apatía social.
Ni para dónde hacernos porque cado uno de estos hechos son derivados de nuestras conductas y nuestras decisiones. Y aunque los datos se han convertido en un eufemismo frustrante porque somos inmunes a ellos, sigue siendo necesario recurrir a los números para intentar hacer un retrato de lo que está ocurriendo en el mundo y en nuestro país. Revisemos algunos:

800 millones de personas sufren de hambre y desnutrición en el mundo. Y 25 mil personas mueren de hambre cada día; eso quiere decir más de 2,000 por hora, 2 seres humanos cada minuto. Para cuando terminen de leer esta entrada habrán muerto cuatro personas más a causa del hambre. Si mañana vuelven a este espacio para consultar algún dato los muertos serán 25,000 más que hoy; pasado mañana se acumularán 50,000; al siguiente día 75,000 y el contador no se detendrá.

Hablemos ahora de México, el país donde vive el hombre más rico del mundo y sin embargo (o precisamente por eso) los niveles de desigualdad son monstruosos:
Según la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), México es el segundo país con mayor desigualdad económica, casi la mitad de la población vive en condiciones de pobreza y hay 27 millones de mexicanos en pobreza alimentaria y/o desnutrición crónica. Es perturbador pero lo que realmente trastorna es que no se trata de un accidente de la naturaleza sino del país que entre todos hemos construido.

Me voy a permitir plantearlo diferente. Los invito a asumir una convención, un juego macabro por unos minutos.
Imagine que usted tiene 3 hijos pero sólo 2 de ellos pueden comer adecuadamente ¿toleraría que el otro siguiera permanentemente desnutrido y mal alimentado?

Imagine que usted y sus hermanos son una familia de 4 pero sólo pueden alimentarse bien 3 de ustedes y deben dejar al cuarto hermano padecer hambre.

Esa es nuestra realidad: 1 de cada 3 niños no puede alimentarse adecuadamente, 1 de cada 4 mexicanos sufre de hambre.

Morir de hambre es un proceso largo y doloroso, empieza por la pérdida de peso y sigue con el aniquilamiento del sistema inmunológico, se contraen virus, bacterias y parásitos que infectan al cuerpo, que lo agreden sistemáticamente, que lo consumen; se pierde más y más peso al punto de no poder sostener con los músculos la estructura ósea y sólo queda esperar, echado y contra el suelo, a que todo termine.

Hay que repetirlo: el hambre es un método de exterminio histórico, una fórmula perfecta para aniquilar seres humanos a rajatabla.

Si debemos recurrir a la indignación, a la compasión o a la rabia para salir de la indolencia, que así sea. ¿Qué hacemos ahora?

Me gusta la propuesta simple pero efectiva que plantea la organización The Hunger Project México en su página web con estas cuatro posibilidades:
Invertir, si se puede destinar un monto, por mínimo que sea a las ONGs dedicadas a dar atención al tema, será bienvenido. La urgencia de abatir esta epidemia requiere aportaciones individuales y del sector privado para complementar las acciones del Estado en cuanto a la erradicación del hambre, sin perder de vista la responsabilidad de éste de garantizar el derecho humano a la alimentación.
Ser voluntario, si lo que puede es invertir tiempo y trabajo directo, será muy útil.
Informarse, estar dispuesto a saber, a salir de la comodidad de la ignorancia es el principio de todo.
Compartir, ayudar a difundir para que los demás se enteren en redes sociales, o con los esténciles y adhesivos o stickers que se encuentran en este mismo blog para imprimirlos y colocarlos en lugares estratégicos.

Cualquier cosa antes que rendirnos, antes que hacer como si no pasara nada cuando en el mundo y en nuestro país hay un estado de emergencia.

Alma Delia Murillo

Twitter: @3MonosInforman

Los que se atreven

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¿Y qué es un hombre sin papeles?

oso migranteMenos que unos papeles sin hombre.

Leí esta frase hace algunos años en una postal y no la olvido por la agridulce ironía con que representa una de nuestras taras sociales más arraigadas: valorar la ciudadanía antes que la vida humana.

Me concederán que ser humano no puede ser ilegal, suena absurdo e ilógico y sin embargo el mundo está configurado de tal manera que, geopolíticamente, todos estamos expuestos a que nuestra existencia sea un acto fuera de la ley. Tiene su gracia.

Pero lo cierto es que migrar es un acto de sobrevivencia y por lo tanto está lleno de riesgos, de pérdidas, de incertidumbre. Y México es un cruce de caminos de migrantes: es territorio que abandonan quienes no encuentran aquí las oportunidades que deberían tener garantizadas, es tránsito de quienes lo atraviesan de paso en su búsqueda del sueño americano y es también la tierra prometida para los centroamericanos que se quedan buscando un lugar para establecerse y vivir, para trabajar, vincularse y echar raíces.

¿Qué dice de México que seis de cada diez mujeres migrantes sean abusadas sexualmente durante su paso por el país?

¿Qué debería decirnos que casi un millón de mexicanos migren cada año buscando un mejor lugar para desarrollarse?

¿Qué está ocurriendo en el país que alimenta con el 11% de sus ciudadanos– alrededor de 13 millones de mexicanos– la población migrante de Estados Unidos?

Las respuestas son obvias: el tema nos ha rebasado y entre el caos y el descuido a los derechos humanos el territorio mexicano se ha espesado como caldo de cultivo para el abuso y la violencia sistemática contra los migrantes, todos; los hombres, las mujeres, los menores que viajan solos y que alcanzan cifras alarmantes (alrededor de 18,000) año con año y que son particularmente vulnerables.

Quiero matizar un detalle antes de seguir y para hacerlo tengo que confesar que tampoco no me gusta demasiado la palabra migrante.

Y es que se me ha ocurrido más de una vez que en lugar de “los migrantes” deberíamos referirnos a ellos como “los que se atreven” porque migrar es atreverse a dejar la casa, a jugarse la vida, a aceptar que la existencia será andar eternamente con el corazón dividido entre conquistar la tierra nueva y extrañar lo perdido.

Voy a ir más lejos: ellos hicieron al mundo, lo descubrieron, lo unieron y llevaron las economías a escalas internacionales, ¿quiénes sino los viajeros han sido los impulsores para rebasar fronteras y comunicar Continentes? Para muestra un botón: las remesas de dinero de ellos son la segunda fuente de divisas en México.

¿Por qué entonces, les mostramos este rechazo racista y xenófobo? No podemos negar que a la par de las responsabilidades de los gobiernos para impulsar leyes de protección migratoria, está nuestra corresponsabilidad como sociedad. A decir de Lorena Cano Padilla, Coordinadora del Área Legal de la organización civil Sin Fronteras, uno de los prejuicios más recurrentes nace de la idea de que si en México no hemos resuelto nuestra propia agenda social, nada deberíamos hacer por las personas indocumentadas que llegan desde Centroamérica pues además son vistos como una amenaza que quitará oportunidades a los mexicanos. Es triste pensar que una visión tan pobre y retrógrada siga alimentando nuestras dinámicas fronterizas y sin embargo es así.

¿Qué nos queda por hacer?

Sensibilizarnos, asumir que tenemos una responsabilidad colectiva, emprender una batalla imparable contra conceptos tan dañinos como “ilegal” y hablar de personas indocumentadas, de viajeros, de comunidades en movimiento.

Aceptar que tenemos una deuda nacional con el tema y que no está resuelto aún con la novedosa Ley de Migración
que se aprobó hace cuatro años precisamente por el mes de mayo pues, parafraseando la pregunta con la que empecé, ¿y qué es una ley que no se ejecuta? Menos que una ley que no existe.

El fenómeno sigue ahí: vivo, imparable, punzante y lleno de posibilidades y, una vez más, depende de nosotros qué rumbo vamos a darle.

Alma Delia Murillo

Twitter @3MonosInforman

Cuando la realidad duele

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InfografiaUn país no es un dato, y sin embargo sí. Pensar no es hacer, y sin embargo sí.

Pensar a México a partir de las estadísticas sociales resulta tremendamente doloroso pero es necesario ver, medir y nombrar la realidad para poder hacernos cargo de ella.

Porque no ver, no pensar y no hacer también es hacer; resulta paradójico pero contribuir por omisión a que nuestro país esté tan roto como está es una responsabilidad colectiva difícil de admitir y aunque encontremos pretextos debajo de las piedras para negarlo, todos tenemos parte en ello.

Hannah Arendt escribió sobre la banalización del mal a propósito del régimen nazi en Alemania y elaboró una aguda pregunta por demás provocadora, ¿los ciudadanos alemanes que no hicieron nada por impedir el genocidio judío: cuánto grado de responsabilidad y complicidad tuvieron en la masacre?

Saber que en la casa de al lado están acribillando a una familia entera y no hacer nada para detenerlo vuelve corresponsable a quien lo permite.

Saber que en México 53.3 millones de personas viven en pobreza, algunos en pobreza extrema o pobreza alimentaria, nos hace corresponsables a los otros 66 millones que no vivimos en esas condiciones pero que permitimos esta obscena desigualdad.

Porque históricamente el arma de destrucción masiva más eficiente ha sido la indiferencia. Y lo sigue siendo. ¿Lo que digo es duro? Sí. ¿Estoy exagerando? No. Sólo hace falta revisar la historia para constatarlo.

Retomando el planteamiento de Hannah Arendt, el psicólogo y escritor contemporáneo Christophe Dejours escribió sobre la banalización de la injusticia social y el planteamiento es simple: hemos normalizado algo que debería removernos, sacudirnos, perturbarnos; la desigualdad social extrema. El hecho de que en un país con tantas inequidades como México, sólo un millón doscientos mil ciudadanos posean la mitad de la riqueza nacional es un escándalo y una vergüenza. O debería serlo. Quiere decir que la porción que ese millón doscientas mil personas se reparten es la misma que queda para los otros ciento diecinueve millones de mexicanos. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Tolerándolo, siendo indolentes, no haciendo nada.

Sé que no voy a parecer muy inteligente pero es que la siguiente pregunta, además de obvia, es la única pertinente: ¿qué vamos a hacer al respecto? Por supuesto que dan muchas ganas y hay razones de sobra para increpar a nuestros funcionarios públicos y sistemas de gobierno pero no olvidemos que la democracia somos todos y que el camino a la transformación más viable, acaso el único, es el que se emprende a nivel personal y luego colectivo.

Parecería una mala broma, o al menos una muy ingenua, decir que acabar con la pobreza extrema y con el hambre es posible, y sin embargo, es posible. Porque depende de nosotros, porque hoy se producen alimentos para 12 mil millones de seres humanos y somos 7 mil millones en el mundo, hay un excedente que, por supuesto, está mal distribuido y mal administrado, pero es posible modificar la tendencia porque depende única y exclusivamente de nuestras acciones. Los mismos que pusimos al mundo de cabeza somos quienes sabremos cómo volver a ordenarlo: los seres humanos somos capaces de las miserias más insospechadas pero también de las hazañas más notables, más sublimes. Hoy, en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sustentable que se ha planteado la comunidad internacional, están precisamente estas dos ambiciosas aspiraciones: terminar con la pobreza extrema y con la hambruna para el año 2030.

Somos la especie humana, los mamíferos más resistentes del planeta Tierra, por eso hemos sobrevivido a tanto: nadie como nosotros puede correr durante semanas para cazar alimento, nadie como nosotros puede realizar esfuerzos sostenidos de largo plazo durante años o durante siglos si es necesario. ¿No podremos poner nuestra resistencia a favor de estas metas?

En la agenda social junto al hambre están los temas de salud, del acceso al agua, la educación, la equidad de género, los derechos de los niños y niñas, el derecho a una vida digna de nuestros pueblos originarios. Con Acción/2015 no estamos dispuestos a resignarnos a esta realidad que duele pero que puede ser modificada; hay 45 organizaciones en México que se han sumado a este proyecto, a este, más que sueño, obligación colectiva que hemos llamado Acción/2015.

En este espacio estaremos informando de los avances e implicaciones del proyecto para México rumbo al año 2030. El país necesita que veas, que escuches, que nombres a la realidad que debe ser transformada.

Atrévete con nosotros a ver, a oír, a nombrar lo que duele. Es un buen principio, tal vez el único posible.

Alma Delia Murillo

@3MonosInforman